FUE UNA TARDE DE TOROS Héctor José Corredor Cuervo -
Eran los toros de casta que mugían en los chiqueros, adornados con divisas de afamados ganaderos. Mostraban rabia en su cara y sus ojos eran fieros cual indomable pantera enfrentándose a toreros.
Allí en la capilla estaban junto a la Virgen Torera tres valerosos espadas con una actitud serena, implorando a venerada protección en la faena en la fiesta engalanada llena de sol y de arena.
Fue una tarde de febrero adornada con las nubes que paseaban en el cielo como si fueran querubes. La plaza estaba atestada cual una inmensa colmena que lucía endomingada de manolas con diademas, con tunas que a la llegada hacían esa juerga amena en los tendidos con gradas y en un silencio de penas donde lucían las espadas el palpitar de sus venas.
Eran las tres de la tarde cuando se escuchó el señuelo de aquel clarín con alarde, que anunciaba bajo el cielo el comienzo del resguarde de famosos arponeros y de aquellos que en este arte son llamados areneros.
Y comenzó el paseíllo con alegre pasodoble, de negro alguacilillos, toreros con traje noble, de a tres marcharon cuadrillas, picadores en fila doble, seguidos por las mulillas, monosabios como un roble.
Después de hacer los honores ante fugaz presidencia, se ofrecieron los capotes a imponente concurrencia y se adornaron pilotes significando prudencia, de aquellos que cual quijotes aguantan cruel impaciencia de altaneros zopilotes.
Por la puerta de chiqueros salió el primer encastado orgulloso y altanero con la divisa al costado, sorprendiendo a novilleros por el trapío mostrado con unos pitones fieros y con pelaje dorado que presagiaba sin pero la bravura del astado.
El matador sin acero lo desafió arrodillado mientras que en el tentadero los peones bien adiestrados esperaron que el torero se parara ovacionado.
Luego siguió la faena con pases perfeccionados y con la confianza plena del toro que fue lidiado, en aquella blanca arena con dos círculos pintados, ante una plaza rellena que pidió fuera indultado y levantaran la pena de morir sacrificado.
Vino el segundo, el tercero y el cuarto de la corrida de aquel magnífico encierro en una tarde lucida con diestros banderilleros que dieron gran alegría como regios escuderos, ante incierta felonía de bellos toros matreros que no sienten cobardía, ni quieren ir a potreros aunque palpen la agonía por presencia de toreros.
Y luego apareció el quinto con el nombre de Ovejero, un toro negro retinto que cambiaron por sobrero y que tenía el instinto de embestir al buen torero. El lomo tenía erizado con ojos de fuego vivo. Lucía el cuello arrugado con aspecto vengativo y cuernos medio afeitados que señalaban peligro.
Después de que fue picado en el morro de su lomo se mostró más enojado con bravura y con aplomo, queriendo morir parado bajo el azulado domo, como se muere el venado que no tiene en cuenta el momo.
Fue una contienda de fieras entre el toro y el torero sin tregua en la gran faena por ver quien caía primero, en una suerte agarena de animado matadero donde se pasea la hiena en tendidos y en el ruedo.
De pronto ganó el asalto el toro con cruel cornada que lanzó al torero a lo alto con la terna ensangrentada, con una herida de cuarto y la femoral dañada, en una tarde de infarto con conciencias amañadas.
Lo llevaron a curarle de aquella herida mortal sin saber que ya era tarde y que triunfó el animal, que no se mostró cobarde en un momento fatal, aunque un torero más tarde lo lidiara hasta el final en el ruedo hasta matarle.
Allí se murió el torero y el toro con su bravura, para indicar que primero hay que acabar la locura de torear a un ovejero cuando tiene sangre miura.
Y cuando el sexto llegó la plaza fue abandonada, toda la gente marchó con la mente cincelada por el dolor que sintió en el alma quebrantada, por el hombre que sufrió en la temible jornada y aquel toro que luchó por su vida desdichada.
Hoy el torero descansa junto a la Virgen Torera que no quiso la matanza del cornudo en la faena. El toro dejó enseñanza que el gladiador en la arena tiene mucha semejanza a un Sansón sin la melena, que vive sin esperanza esperando una condena.
Así terminó la historia de una corrida funesta donde quiso la victoria el maestro con su diestra y en una convocatoria ante una plaza dispuesta, el cual llegó hasta la gloria por los cuernos de la testa, de aquel toro sin memoria que no comprendió la fiesta.