LA HUELGA DE LOS HERREROS

Jue24042014

Publicado el: 10 Mayo 2011
Desconocido

  LA HUELGA DE LOS HERREROS

Escritor: Anónimo
País: Desconocido

Señores jueces:
la declaración ha de ser breve,
la huelga los herreros declararon
el invierno era crudo y les cansaron
los rigores del hambre y de la nieve.
El sábado al pagarnos los jornales
me cogieron del brazo y me llevaron
a la taberna del taller cercano.

Uno de los viejos, un buen hombre,
ya me he negado a declarar su nombre,
Bernardo, me dijo, esta carga se hace inmensa,
bastante hemos sufrido los de abajo;
o nos dan más jornal o no hay trabajo
nos explotan y es nuestra única defensa.
Te escogemos por ser el más antiguo,
para decir al amo cortésmente,
que ha de aumentar nuestro salario exiguo
o de vivir en fiesta permanente.
Demostrarás que acierta quien te elige
intérprete de quejas tan fundadas.
Haré cuanto a mis buenos camaradas
pueda ser de alguna utilidad, les dije.
Yo que de todos dominarme dejo
no protesté, no vacilé un segundo,
soy señor presidente, un pobre viejo
amigo de servir a todo el mundo.
Sin que ofender a nadie imaginara
fui a ver al amo y lo encontré a la mesa,
oyó mi nombre sin mostrar sorpresa,
me hizo pasar y me ordenó que hablara.
La situación le expuse sin reparos
nuestra miseria nunca interrumpida
subiendo el pan, los alquileres caros
ya no podemos más esto no es vida.
Le hablé de sus ganancias colosales
exhortándole a ser más compasivo,
le demostré con números cabales
que el negocio sería lucrativo
aún después de subir nuestros jornales.
Y él, cerveza sin cesar bebía,
Yo echaba mi discurso y él bebía.
Al fin me dijo: Bernardo, eres un hombre honrado,
para ti siempre habrá puesto en la compañía,
díselo así a los que te han enviado,
más di también, que su exigencia es vana,
no son cabeza de motín los buenos,
se quejan más los que trabajan menos;
yo con cerrar la fábrica mañana
me quito al fin esos cuidados graves,
es mi última palabra, ya lo sabes.
Respondí, bien señor, salí sombrío
sin una imprecación, ni una protesta
a dar con hondo sentimiento mío
a los amigos la fatal respuesta.
Hallé la confusión, hallé el tumulto,
no volver al trabajo se juraba
y yo juré no trabajar tampoco.
Para mí fue un rudo golpe,
os lo aseguro, soy viejo y no estoy solo
entré a mi casa y allí sí que se agrandó el apuro.
A mis nietos sentados en mis rodillas
mis lágrimas bañaban sus mejillas
y arrugando la frente cual flor mustia,
contemplé aquellas boquitas tan risueñas.
¡ay! pobrecitas bocas tan pequeñas
que iban del hambre a conocer la angustia.
Mi mujer, pobre vieja, entró enseguida
con un bulto de ropa humedecida,
venía del trabajo, lavandera,
le conté la verdad, le abrí mi herida,
gran corazón, ni se enfadó siquiera,
quedóse inmóvil y mirando al cielo, dijo:
lo hecho está hecho.
Y la miseria vino. Oh, jueces, jueces,
exigiréis de mí que yo os convenza
que aún en el colmo del dolor mil veces,
sintiéndome incapaz de soportarlo,
no sería un ladrón, no. de vergüenza
me moriría con solo de pensarlo.
Por ese Crucifijo yo os lo juro,
que en los momentos de mayor apuro,
jamás, jamás, se presentó en mi mente
la acción furtiva, el pensamiento insano:
de aguardar en las calles impaciente,
de ir al acecho, de extender la mano.
Y sucedió lo que ocurrir debía
llegaba la miseria de tal modo
que el pan duro era el pan de cada día
comimos mal y lo empeñamos todo.
Era inaudito lo que yo sufría.
una tarde de otoño gris y helada
al entrar en mi casa, vi. acurrucada
a mi mujer en un rincón sombrío
a los dos pequeños abrazada
y temblando los tres de hambre y frío.
Viendo tan angustiosa escena
soy su asesino, murmuré sin pena
y la anciana me dijo:
viejo mío, que triste porvenir nos amenaza
el último colchón que llevé a la prendería, nos lo rechazan.
¿dónde encontrarás trabajo? esto me aflige.
¿Dónde ir por pan? ¿dónde? Allá voy le dije,
Y corrí a la taberna en donde estaban
Los que la huelga a su placer guiaban.
Qué cuadro aquellos hombres ofrecían
aquello era un escándalo, un delirio,
si hay alguien que les diera con el mal consejo
los medios de aumentar nuestro martirio
caiga sobre él la maldición de un viejo.
Hasta el grupo llegué, cuando observaron
mi frente baja y mis turbados ojos
de ira encendidos y de llanto rojos
sin duda mi proyecto adivinaron.
Yo sin fijarme en su frialdad severa
me acerqué y les hablé de esta manera:
oíd amigos míos, yo he pasado ya de los setenta
y tengo a mi cuidado a mis nietos y a esa pobrecilla
que por amor envejeció a mi lado,
todo lo hemos vendido y empeñado,
no hay un pedazo de pan en la bohardilla.
Con irme al hospital yo me arreglaba
más si con morirme me bastara:
mis nietos, mi mujer, es otra cosa.
Voy a pedir trabajo pero quiero
Que me lo permitáis; porque os he dado
El juramento de seguir parado
Y ante todo soy buen compañero.
Os pido que apiadados de mis penas
Me permitáis volver a mis faenas.
Nadie al principio contestarme supo
hasta que dando un paso uno del grupo,
¡Cobarde! Dijo sin mirarme apenas.
Tuve frío, la sangre me cegaba
y miré al que la injuria me lanzaba.
Era alto, joven, blanco, afeminado.
Todos en el grupo, menos, él callaban
sentí en mi corazón recios vaivenes,
con ambas manos me apreté las sienes
y exclamé:
mi mujer y mis nietos morirán,
pero juro por los cielos, que tú,
que me haz lanzado tal afrenta
vas al instante de ella a darme cuenta.
Nos batimos cual dos hombres finos.
Hora: ahora mismo, ¿cuál mejor sería?
Arma: el martillo, la elección es mía.
Vosotros compañeros sois padrinos.
Dos martillos traed, aprisa, aprisa,
y tú que has insultado a un pobre anciano
quítate ya la blusa y la camisa
y aprieta bien el arma con la mano.
Avancé como un loco, abrí camino
entre el grupo de obreros temerarios,
en los brazos me eché de mi destino
y di el arma mejor a mi adversario.
Jamás, ni el perro al látigo rendido
mostró expresión de súplica rastrera
como en aquel momento, aquel bandido,
retrocediendo ante mi audacia fiera.
El me miraba como en un espejo
diciéndome, no juegues pobre viejo.
Yo contesté con atrevido embate
moviendo al azar de arriba abajo
mi querida herramienta de trabajo
convertida en arma de combate.
Inútil ruego, todo fue instantáneo,
Sangrienta nube de vapores rojos
separaba a aquel hombre de mis ojos
de un golpe nada más, le partí el cráneo,
aún lo veo a mis pies, allí en el suelo,
No hubo gemidos de dolor, ni voces,
y todos los inmensos, feroces,
remordimientos de Caín sentía.
Al fin mis compañeros se acercaron
y queriendo cogerme me tocaron,
yo les detuve, diciendo de esta suerte:
dejadme a mí, yo me condeno a muerte.
de uno en uno pedí para mis nietos
y mi mujer, una limosna, hermano.
ellos tuvieron pan, yo me di preso.
los sucesos del modo más conciso,
por lo cual puede hacerse caso omiso
de lo que vayan a decir los abogados.
mi vieja compañera está en los cielos.
Y alargando la gorra con la mano
Diez pesos se reunieron y con eso
Y aquí tenéis, oh jueces relatados
Fueron al hospital mis nietezuelos,
¿Y a mí que me daréis?
¿Cárcel? ¿Cadena? bah, poco me importa.
¿Qué me absolvéis? No endulza mis rigores.
¿Qué a la horca me enviáis?
Gracias señores.

VISITA LA BIOGRAFÍA DEL ESCRITOR ANóNIMO

Calificación
(5 votos)

Publicado en Poemas última modificación el 10 Mayo 2011
Ingrese como usuario registrado para comentar el artículo